viernes, 23 de abril de 2010

CONCILIACIÓN. "SÓLO ELLOS"


GESTIÓN DE LA PATERNIDAD EN TIEMPOS ADVERSOS

Ignacio García de Leániz, consultor de comportamiento humano

Cuando el periodista Joe Warr (Clive Owen) enviuda de su segunda mujer, ha de afrontar la educación de sus dos hijos en circunstancias poco propicias y sin poder desatender sus exigencias profesionales. Y lo gestiona con éxito.

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La figura del padre ha venido sufriendo por varios motivos una grave devaluación y olvido en los últimos veinte años. Ello se acusa especialmente en la literatura de recursos humanos, demasiada centrada en la irrupción de la mujer en la empresa con sus problemas específicos de conciliación entre maternidad y vida profesional. Lógico todo ello, pero no del todo justo. Por eso me parece tan significativa esta película australiana basada fielmente en la difícil experiencia de Simon Carr –periodista del The Independent- recogidas en su libro autobiográfico "The Boys are Back in Town" y que tantas reflexiones encierra.

Veamos si no: Joe Warr es un afamado periodista deportivo australiano. Posee dos hijos de diferentes matrimonios: Artie de 6 años fruto de su segunda mujer con la que convive en la actualidad y Harry un teen-ager que vive a 10.000 kilómetros en un internado inglés, hijo de su primer matrimonio. La paternidad de Warr queda en este contexto muy en segundo plano: su esposa aquí y el High-School allá parecen bastarse para criar y educar a sus dos hijos. Nuestro protagonista asume el papel de proveedor de ingresos para atender las necesidades económicas: nada menos pero tampoco nada más. Como muchos profesionales en el actual caos familiar imperante, que se verán enseguida reflejados en el espejo de Joe Warr. Resulta además a simple vista que los hijos no precisan más de su padre, pues parecen –sólo parecen- bien felices cada uno en su circunstancia y con un padre desdibujado refugiado en sus tareas profesionales.

Sin embargo, lo imprevisto –sin lo cual la vida no sería humana - se presenta como enfermedad fulminante que acaba con la existencia de su segunda mujer. En un abrir y cerrar de ojos, Warr se encuentra radicalmente sólo con su hijo pequeño Artie, un niño inmerso además en el duelo por la pérdida de su madre. La paternidad de Warr desleída y lejana, ha de pasar de súbito a un primer plano si quiere que su hijo salga emocional y humanamente adelante. Y lo perentorio por inesperado hace sacar lo mejor de nuestro protagonista, a pesar de sus limitaciones evidentes, como sucede a menudo en la estructura de la vida humana con ese yo profundo que tanto desaprovechamos y que sólo las emergencias suelen sacar a la luz.

Convivir no es conocer
El padre descubre en primer lugar que convivir no es conocer: en el fondo no sabe bien cómo es su hijo pequeño y sobre todo quién es. Y aprende dolorosamente, como ley inexorable, que la recíproca también es cierta: el niño tampoco conoce bien a su padre. El proceso de acercamiento mutuo, con sus vaivenes lógicos, es el eje de la primer parte de la película. La casa de Warr –antes perfectamente gestionada por su esposa- parece ahora la antítesis de toda logística: el desorden reina por todas partes entre ropas y platos dejados aquí y allá. Un ejemplo: los pollos se descongelan en la bañera que utilizan a su vez como ducha.

Y sin embargo, en toda su imperfección, la casa de Warr –la cacharrería más bien- sigue resultando un genuino hogar para Artie. Detrás del caos imperante, hay unas cuantas realidades innegociables: que Artie tiene un padre, que este padre aprende a darle afecto a través del juego y la ternura- sin caer en falsas adulaciones tan propias del "coleguismo"- y que un padre tal impone sutilmente algunas reglas de conducta: no todo vale. Los comportamientos de apoyo se combinan con algunos rectores, necesarios también. De este modo Artie está salvado como persona al poder elaborar una imagen correcta el padre y sentirse amparado. Ese el mensaje clave de la película.

Sin embargo, todo se complica. Harry, el hijo adolescente, atraviesa una crisis de desamparo –de ausencia de padre- y se presenta de improviso en Australia. Quiere reprocharle por qué le abandonó. Warr no evita el conflicto y lo introduce en su universo con su hermanastro, con los mismo afectos y reglas. Poco a poco Harry revive el mismo proceso que anteriormente había pasado el pequeño Artie, esta vez desde la adolescencia. La lección es muy clara: por mucho que uno haya abdicado hay tiempo en todo momento para empezar a ejercer de padre y obtener unos excelentes resultados: que otro se sienta hijo, nada menos. La vida humana es más reversible de lo que a menudo pensamos.

Paternidad y trabajo: la imaginación creadora
¿Y cómo concilia Warr el ejercicio de su paternidad solitaria con su trabajo como periodista? Aquí entra en juego otra dimensión clave de la película: el poder de la imaginación. Warr recurre a ella, aprovechando las últimas tecnologías, sazonándola además con altas dosis de ingenio. La tesis es clara: sólo haciendo uso de la imaginación- ésa facultad tan fosilizada que tenemos- podemos afrontar los dilemas a que nos arroja la estructura profesional imperante.

Y así va solventando nuestro héroe las dificultades que a cada momento le surgen, como si la vida y el ser padre fueran en cierta manera eso: ir resolviendo un problema para tener que resolver otro poco después. Y es que la vida le da a Warr, como a nosotros, mucho quehacer. Por eso hay que ganársela.

Como se ve, esta película aparentemente sencilla está en su fondo repleta de muchas valentías aplicables a nuestra circunstancia profesional y familiar. Por eso quizá resulte necesaria de ver para aquel que sea padre y –paradójicamente- más aún para aquellas madres profesionales que creen que pueden sustituir la figura paterna, a pesar de las limitaciones lógicas de todo individuo. Y a lo mejor descubrimos que rehabilitando la figura del padre, introducimos un poco de sosiego y hacemos más fácil la vida y la muerte, como Kakfa apuntaba en la última frase de su Carta al padre, precisamente. Eso es lo que consiguió Joe Warr en la película y Simon Carr en la vida real. No es poco, todo lo contrario, en un mundo dónde tanto se abate la imagen del padre y por eso tan huérfano.

Ignacio García de Leániz. Consultor de Comportamiento Humano

Fuente: Expansión y Empleo

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